miércoles, 23 de noviembre de 2011

La veracidad de los evangelios





La veracidad evangelios



Los escritores de los Evangelios no se han podido engañar, porque no cuentan más que lo que vieron ú oyeron de testigos oculares completamente dignos de fe. Además, refieren hechos recientes, sensibles, materiales, que se realizaron á la luz del día y, con frecuencia, delante de considerables muchedumbres; más aún, delante de enemigos de Jesús, que estaban dispuestos, no tanto á darles crédito, cuanto á atribuirlos á intervención diabólica. Tratá¬base de hechos de imporlancia cápital para las ins¬tituciones y para la religión del pueblo judío, y, por consiguiente, de cosas sumamente interesantes para todos ellos; por fin, los tales hechos eran mu¬chas veces extraordinarios y maravillosos; y, por lo mismo, natural era que llamasen poderosamente la atención.


¿Quién se atreverá á decir que los autores de los Evangelios fueron todos ellos ciegos, ó sor¬dos, ó alucinados? En este caso, podría afirmarse lo mismo de otros contemporáneos, entre los cuales se contarían muchos de los enemigos de Jesús, puesto que todos ellos admitieron también sin protesta los relatos evangélicos. Queda, pues, probado que estos escritores no pudieron engañarse.

B) ¿Han querido engañar?- No: porque eran hom¬bres sencillos, irreprochables, llenos de franqueza y lealtad. Basta leer, sin prejuicios, los Evangelios, para convencerse de que á sus autores no puede tildárselos de impostura; el tono honrado y cándido de sus narraciones es la mejor garantía de su vera¬cidad. Por otra parte, tampoco tenían ningún interés en cometer acto tan odioso; y, sin motivo alguno, ningún hombre es impostor. Lejos de poder esperar provecho alguno de tal fraude, que hubiera sido no menos perjudicial á los judíos que á los gentiles, no veían por delante otra cosa que lo que, en efecto, consiguieron luego, á saber: menosprecios, ultrajes, persecuciones y la muerte. Quién no sabe que tal since¬ridad les cortó toda su sangre? Razón tuvo Pascal cuando dijo: «Creo de muy buen grado á testigos que se dejan degollar.» Por todas estas razones, la críti¬ca actual conviene absolutamente en reconocer la veracidad de los Evangelios.

C) Finalmente no hubieran podido engañar. -En efecto, nuestros autores escribieron los hechos evangélicos cuando aún vivían muchísimos de los testigos que presenciaron todos aquellos acontecimientos, los cuales no hubieran dejado de desmentir, caso de ser falsa, la impostura de los Evangelistas.

Los judíos, especialmente, debían tener mayor interés en desenmascararlos. Los jefes de la Sinagoga, impotentes para negar los hechos, tuvieron buen cuidado de sofocar la nueva religión, imponiendo silencio á los Apóstoles, pero se vieron en la imposibilidad de contrarrestar la verdad de los relatos evangélicos. Si se hubiera intentado propalar una impostura, las protestas hubieran sido mucho más vivas y numerosas; tanto más cuanto que se trataba de hechos públicos v de la más alta importancia, de sucesos patentes, que se habían realizado á la faz de toda la Judea, en la misma ciudad de Jerusalén y en presencia de numerosos testigos, cuyos nombres se citan: de actos, en fin, que, en su mayor parte, tenían por actores a hombres que estaban colocados en los más altos puestos, enemigos de Jesús é interesados en descubrir, acerca de El, cualquier embuste, Pero veamos también ahora los muchos absurdos que habríamos de admitir, si pretendiéramos sostener que los autores del Nuevo Testamento inventaron lo que cuentan.



1.° En este caso, dichos escritores habrían ideado un héroe de carácter tan grande y de vida tan pura, que el mismo J . J. Rousseau se vió obligado á admirarse y decir públicamente que «si la muerte y la vida de Sócrates son de un sabio, la vida y la muerte de Jesús son de ,un Dios». Si estos escritores hubieran sido los que inventaron este héroe, ellos fueran también los que le habrían atribuido su doctrina, la cual supone tal santidad, sublimidad y profundidad, que aventaja á cuanto pudo concebir jamás el más afamado filósofo del paganismo. «Para inventar á un Newton, dice Parker, se necesita ser otro Newton. ¿Cuál es el hombre que pueda haber inventado un Jesús? Jesús solo era capaz de esto.»

2.° De ser impostores, ¿cómo es posible que desdijeran los Evangelistas de la costumbre de aquéllos, trazando la vida de su héroe imaginario, de modo que pudieran precisarse los menores detalles de tiempos, lugares, personas, dando con esto ocasión á que les opusieran un solemne mentís? Pero además, de ser así, resultaría una impostura tan bien disimulada, que tendría á su favor la verosimilitud más perfecta, y una conformidad absoluta con todo lo que nosotros conocemos de los tiempos evangélicos.

3.° Estos hombres, tan ignorantes como perversos, hubieran escrito estas fábulas, forjadas en su imaginación, en un estilo de un candor y simplicidad verdaderamente inimitables, sin afectación, sin énfasis ni la menor exageración en los relatos, sin nada que descubra la pasión ni el deseo de agradar. Describen con la mayor sencillez hechos los más portentosos, sin reflexiones personales, sin otra preocupación que la de decir lo que realmente es. No ocultan estos historiadores ni la bajeza de su origen, ni la estrechez de sus ideas, ni las reprensiones que de su Maestro recibieron. En una palabra, el acento de verdad de todas estas páginas, escritas, no obstante, por diversas plumas, es tan manifiesto, que no puede menos de convencer á todo hombre verdaderamente sincero.



Por eso el mismo Rousseau no ha podido menos de escribir: « ¿Diremos que la historia del Evangelio ha sido inventada por el capricho? ¡Vano recurso! No es éste el modo de inventar: los hechos de Sócrates, de cuya personalidad no puede dudarse, no están tan atestiguados como los de Jesucristo. Decir esto, sería esquivar la dificultad sin destruirla. Más inconcebible fuera que cuatro hombres se hubiesen puesto de acuerdo para componer este libro, que no que uno solo hubiese ideado su argumento. Ningún autor judío es capaz de adoptar ese tono ni esa moral: tiene el Evangelio caracteres tan grandes de verdad, tan claros, tan inimitables, que el inventor sería más maravilloso que el mismo héroe»



4.º Los diversos escritores de los Evangelios, de los Hechos, de las Epístolas, bien que separados unos de otros por el espacio y por el tiempo, ¿hubiéranse puesto tan perfectamente de acuerdo en sus imaginarios relatos, que, siendo por una parte, como son, de formas tan diferentes, por otra, no se pudiera descubrir en ellos ninguna contradicción real? En cuanto á las discordancias y contradicciones aparentes que se encuentran en las narraciones de los cuatro Evangelios, si algo prueban, es que los escritores no se convinieron para inventar los acontecimientos referidos.

5.º ¿Habrían todos estos escritores sellado con su sangre, sin tener en ello ningún interés, ni temporal ni eterno, lo que sabían que no era más que invención suya; y tras ellos habrían muerto también millares de mártires, para atestigua ¿la misma mentira?

6.º Estos hombres hubieran podido lisonjearse de haber alcanzado el triunfo más grande y más estupendo que imaginarse puede: á saber que, por sí solos y sin ningún apoyo humano, lograron hacer triunfar plenamente su impostura, de suerte que no sólo dieron al traste con el viejo y arraigado judaísmo, sino aun con el paganismo, el cual tenía á su favor las riquezas, la ciencia, el poder y el aliciente de una moral favorable á las pasiones; habrían llegado á hacer que el mundo se prosternara arrepentido á los pies de un criminal clavado en la cruz, é inducido á una infinidad de hombres á dejar todo lo que hasta entonces habían creído y practicado, para seguir una religión que brindaba al espíritu insondables misterios, y á la voluntad una moral contraria á todos los instintos de la naturaleza sensual.

7.º Una religión que ha regenerado á la humanidad, creado el mundo moderno sobre las ruinas del antiguo, inspirado sus costumbres, sus instituciones y sus leyes; una religión que ha sido, además, fuente inagotable de verdades, de virtudes y de inefables consuelos; que cuenta entre sus discípulos una infinidad de sabios y de santos; que después de tantos siglos tiene aún virtud para endulzar los más acerbos dolo¬res, ¿no tendrá otro fundamento que una mentira, inventada por no sé qué pescadores de Galilea?

8.º Dios, en fin, habría confirmado el fraude de estos impostores haciendo que se cumplieran las profecías por ellos inventadas, y falsamente atribuídas á Jesús; y con la realización de innumerables milagros obrados en favor de sus discípulos, hubiera además contribuido á engañar al género humano.

Á la verdad, si tales imposibles se hubiesen realizado, sin duda estaríamos en el caso de escribir con Ricardo de San Víctor: «Señor, si estoy en el error, es porque Vos me habéis engañado; porque la religión cristiana está confirmada por tan claras y numerosas señales, que no puede venir sino de Vos. Domine, si erro, a te ipso deceptus sum, nam isla in nobis tanlis signis et talibus confirmata sunt, quae non nisi per te fieri possint



Fuente:

http://www.statveritas.com.ar/Varios/Deviver-06.htm

La doctrina católica sobre el carácter histórico de los Evangelios es muy clara:




“La santa madre Iglesia ha defendido siempre y en todas partes, con firmeza y máxima constancia, que los cuatro Evangelios mencionados, cuya historicidad afirma sin dudar, narran fielmente lo que Jesús, el Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la eterna salvación de los mismos hasta el día de la ascensión.” (Concilio Vaticano II, constitución dogmática sobre la Divina Revelación, Dei Verbum, n. 19).



“Como todo lo que afirman los hagiógrafos, o autores inspirados, lo afirma el Espíritu Santo, se sigue que los Libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra.” (Dei Verbum, n. 11).




“El intérprete indagará lo que el autor sagrado dice e intenta decir, según su tiempo y cultura, por medio de los géneros literarios propios de su época.” (Ídem, n. 12).
La doctrina católica sobre el carácter histórico de los Evangelios es muy clara:



“La santa madre Iglesia ha defendido siempre y en todas partes, con firmeza y máxima constancia, que los cuatro Evangelios mencionados, cuya historicidad afirma sin dudar, narran fielmente lo que Jesús, el Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la eterna salvación de los mismos hasta el día de la ascensión.” (Concilio Vaticano II, constitución dogmática sobre la Divina Revelación, Dei Verbum, n. 19).


19. La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. Los Apóstoles, ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que El había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, reteniendo por fin la forma de proclamación de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya del testimonio de quienes "desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra" para que conozcamos "la verdad" de las palabras que nos enseñan (cf. Lc., 1,2-4).

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